
La palabra “idiota” proviene del término griego “idiotes”, que designaba a las personas que no se ocupaban de lo público, sino solo de lo propio. Aquellas que no primaban el biencomún, ni daban muestras de sentido de comunidad.
Si los griegos abogaban por el cultivo de las virtudes, por la excelencia en sus distintas expresiones (la prudencia, la fortaleza, la justicia…) era para ponerlas al servicio de su comunidad, de forma que el desarrollo propio aportase a un juego de sumapositiva en el que todos ganaban.
Porque solo podemos ser solidarios con otros, solo podemos ser generosos hacia otros, solo podemos ser prudentes entre otros… Solamente podemos ser seres humanos como seres en relación, unos con otros. A pesar de las grietas que nos separan. Porque “La verdad es que grietas no faltan”, escribió Benedetti.
El filósofo Roberto Espósito nos habla de la comunidad, de “communitas”, como un deber común de unos hacia otros, del reconocimiento de nuestra interdependencia. Su reverso es la inmunidad, “inmunitas”, que consiste en aferrarse a lo propio y sentirse exento de obligación hacia los demás.
El caso es que toda comunidad tiene su grieta, sus contradicciones y su tensión entre el individuo y la comunidad. Toda comunidad tiene su dosis de inmunidad que le permite funcionar. Ahora bien, el exceso de “inmunitas” es una deriva hacia la enfermedad social autoinmune.
Como los versos de Benedetti:
“hay una sola grieta
decididamente profunda
y es la que media entre la maravilla del hombre
y los desmaravilladores
aún es posible saltar de uno a otro borde
pero cuidado
aquí estamos todos
ustedes y nosotros
para ahondarla”.
En estos tiempos convulsos, aquí, ahí, allá, cabe pensar en nuestras grietas y en el sentido de comunidad que se expande desde lo próximo a toda la humanidad.
¿Somos idiotas?