Saltar al contenido

¿Estamos domesticados?

    Composición Punitiva – Alejandro Gómez Cangas -2019

    ¿Estamos domesticados?

    Cuando explico a Hannah Arendt, al alumnado le cuesta ver la importancia de ese concepto del que todos hemos oído hablar: la banalidad del mal. Les cuesta hacer el ejercicio que hizo la autora: separar la carga emocional del juicio a Eichmann -un criminal de guerra nazi- del retrato de ese mismo hombre que, ante el tribunal, se concebía como un funcionario cumpliendo órdenes. ¡Un mandado!

    ¿Por qué obedecemos ciegamente a la autoridad?

    A raíz del juicio de Eichmann, Stanley Milgram llevó a cabo en la Universidad de Yale un experimento de psicología social. Bajo un aparente estudio sobre la memoria y el aprendizaje, dividía a los voluntarios del experimento en los roles de maestro y alumno, colocados en distintos habitáculos. Cada vez que el alumno se equivocaba en una respuesta, el maestro podía castigarle con descargas eléctricas. A pesar de la incomodidad y bajo el apremio del científico-investigador, la mayoría de los voluntarios-maestros continuaban hasta el final el experimento.  La película Experimenter recrea la situación.

    Más allá de las críticas a Hannah Arendt por parte de su propia comunidad judía o a Stanley Milgram por las condiciones de su experimento: ¿cómo es posible que una persona, tan normal y corriente como cualquiera de nosotros, pueda ser tan cruel por obediencia? ¿Nos domestican? ¿Nos autodomesticamos?

    A pesar de los esfuerzos del fiscal, cualquiera podía darse cuenta de que aquel hombre no era un “monstruo”, pero en realidad se hizo difícil no sospechar que fuera un payaso, escribe Arendt sobre el acusado Eichmann. Sin defender su inocencia, ni cuestionar su condena a muerte, Arendt puso en tela de juicio el planteamiento de la fiscalía que presentaba a Eichmann como un malvado. Aquel hombre no era ningún “genio del mal” desbordado por una pasión criminal, sino un representante de la superficialidad. Un hombre masa sin voluntad propia que se ajusta irreflexivamente a la norma.

    ¿Somos mansos? ¿Aprendemos a serlo?

    Dice el paleontólogo Arsuaga que la evolución ha favorecido a los mansos, a aquellos que no retan al grupo. Es la mansedumbre de la muchedumbre. Los insurgentes son apartados. Sin embargo, los cambios vienen de quienes no se con-forman, de quienes no se ajustan a la forma.

    La película La Ola muestra precisamente esta situación como un proceso de aprendizaje. Rememora el experimento que llevó a cabo en 1967 el profesor Ron Jones con sus alumnos en un instituto de Palo Alto, para explorar la adhesión a un régimen autocrático. A lo largo de una semana escolar fue introduciendo a su alumnado en la fuerza a través de la disciplina; la fuerza a través de la pertenencia al grupo; la fuerza a través de la acción (asumiendo distintos roles y denunciando el incumplimiento de las reglas) y la fuerza a través del orgullo por ser “los mejores”. Al cabo de una semana la diferencia entre el experimento y la conducta dirigida era indistinguible. El alumnado se sentía parte del movimiento que denominaron “La Ola”. Solo algunos alumnos, con pensamiento propio, se salieron y/o fueron “escupidos” por la propia uniformidad que generaba el experimento.

    ¿Puede, entonces, la gente ordinaria hacer actos extra-ordinarios?

    Como nos cuenta Hannah Arendt, el nazi Eichmann insistía en el juicio en que no había hecho nada por iniciativa propia, en que no tenía intención alguna (ni buena ni mala), simplemente obedecía órdenes, hacía su trabajo. Por eso el mayor mal del mundo es el de los hombres y mujeres que no tienen un motivo, que están estancados sin voluntad propia, que rehusan ser personas al no pensar por sí mismas, eximiéndose así de las consecuencias de sus propias acciones. Esa es la banalidad del mal.

    Cuando Erich Fromm escribe sobre la dialéctica entre la obediencia y la desobediencia, nos sitúa en la tesitura de saber distinguir cuándo una y cuándo otra porque un hombre que solo obedece es un esclavo y uno que solo desobedece es un rebelde (no un revolucionario) que no actúa en nombre de una convicción o de un principio. Una persona puede llegar a ser libre mediante actos de desobediencia, pero la libertad es también la condición de la desobediencia. Ser libres es hacernos responsables de nuestras acciones.

    Sin llegar al extremo de las situaciones descritas: ¿Hasta qué punto nosotros queremos ser libres? ¿Hasta qué punto “echamos balones fuera” cuando algo va mal y cargamos las tintas sobre otros? ¿Hasta qué punto miramos hacia otro lado ante aquello que sabemos que no debe ser? ¿Tenemos miedo a la libertad? ¿Nos acomodamos dejando que otros tomen las riendas? ¿Cedemos con alivio nuestra tutela, como diría Kant?

    Cuando pensamos es cuando nos podemos distanciar de nuestras acciones para ponerlas en cuestión. De este modo nos separamos de la masificación conformista, nos hacemos dueños de nuestros actos y recuperamos el sentido moral de nuestras decisiones.

    Por eso: ¿Nos podemos salvar de nosotros mismos? 🤔

     

    Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

    ACEPTAR
    Aviso de cookies