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¿Somos más inteligentes que la inteligencia artificial?

    «The Two Virginias», Sally Mann, 1989

     

    ¿Somos más inteligentes que la inteligencia artificial?

    Este es el título de una conferencia que di esta semana, en la que me alegró ver en el público diversidad generacional. La pregunta de inicio deja claro que el quid de la cuestión está en el propio concepto de inteligencia que, hoy en día, se entiende mucho más allá de un resultado numérico en forma de CI; aunque el cociente intelectual siga clasificándonos. La inteligencia puesta en la vida se concentra en utilizar lo que sabemos y gestionar lo que sentimos para tomar decisiones que nos permitan solucionar los problemas.

    La extrapolación de la palabra “inteligencia” a las inteligencias artificiales crea un mar de confusión, aún más con las IAs generativas como modelos de lenguaje, que nos lleva a atribuir cualidades humanas a sistemas informáticos creyendo percibir comprensión e intencionalidad en producciones lingüísticas que son solo cadenas de símbolos. Deslumbrados por esos loros estocásticos, que eso son las IAs generativas, nos arengamos a decir que piensan, razonan e incluso pueden ser conscientes de sí mismas. ¡Mucho trabajo tendría Wittgenstein si levantara la cabeza y pusiera claridad con los juegos del lenguaje!

    Pero lo que me interesa compartir hoy es la cuestión de la inteligencia humana, al margen de las máquinas y de cara a las generaciones futuras. Ese público diverso asistente a mi ponencia me trajo a la justicia intergeneracional, un concepto que ya se desprende de la primera definición de sostenibilidad que aparece en el Informe Brundtland (1987) como “el desarrollo que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades”.

    Si ya nos resulta complicado pensar más allá de nosotros mismos y de nuestra tribu para tener un sentido cosmopolita -por mucho que ligeramente digamos que “somos ciudadanos del mundo”- aún más difícil será que pensemos en aquellas personas aún no nacidas: las generaciones que nos sucederán; en cómo cubrir nuestras necesidades sin poner en peligro la cobertura de las suyas. Y ya sin entrar en la confusión que podemos tener entre necesidades y deseos.

    Sin embargo, de eso trata la sostenibilidad: de justicia intergeneracional, es decir, de nuestro deber moral hacia las generaciones siguientes. Hablamos de la necesidad de pensar más allá de nuestra inmediatez y de asumir la responsabilidad de nuestras acciones, cuyas consecuencias a lo mejor no recaen directamente sobre nosotros mismos, sino sobre esas próximas generaciones.

    No solo dejamos hijos al mundo, también dejamos mundo a los que vendrán después. Más allá de si una máquina es consciente, hemos de preguntarnos si lo somos nosotros.

    Cuando en mi libro Por qué tomarse la empresa con filosofía hablo del cuidado como un valor fundamental, escribo: “¿No es acaso el propósito corporativo una acción de cuidado a nivel social? ¿No significa detectar necesidades y repartir responsabilidades? (…) Además, al cuidado podemos ponerlo no solo en el centro de las relaciones humanas, sino también en el centro de las relaciones no humanas, para que nos permita atender a la sostenibilidad en su dimensión social, económica y medioambiental. Porque ser una empresa sostenible nos exige reflexionar sobre nuestras creencias, sobre nuestra forma de relacionarnos, sobre a qué damos valor. Nos exige reflexionar sobre aquello que nos sostiene”.

    Las funciones más elevadas de nuestro cerebro, aquellas de nuestra inteligencia ejecutiva que nos distingue como humanos, nos permiten planificar metas, inhibir nuestra respuesta, dirigir nuestra atención, mantener nuestra acción, gestionar nuestras emociones, ser flexibles en el camino, manejar nuestra memoria y pensar cómo estamos pensando. Nos permiten ese sostén que sostenido nos ha traído hasta aquí y del que nosotros tenemos que dar el relevo.

    Por eso, antes de preguntarnos si somos más inteligentes que la IA, preguntémonos:

    ¿Somos inteligentes? 🤔

     

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